Hace treinta y tres años, el 2 de Marzo de 1982, murió Phillip K. Dick, no solo el más grande escritor de ciencia ficción que jamás existiera, sino uno de los más grandes de cualquier género. Sea o no cierto (yo creo que lo es), no hay discusión sobre un punto: nadie como Dick ha conseguido expresar la perplejidad de una mente enfrentada a los desórdenes del tiempo, del espacio, de su propia naturaleza, o las tres cosas juntas (como ocurre en Ubik, que vendría a ser algo así como un cruce entre Kant y los cómics de Marvel, regado con mucho LSD). De la conversión desde las laberínticas (y muchas veces desopilantes) historias de CF de sus comienzos a las cruentas interrogaciones metafísicas de sus obras finales, se ha escrito muchísimo; en su mayor parte acerca de lo que Dick llamó 02.03.74 y que no fue otra cosa que su experiencia mística (para algunos de sus fans) o un episodio psicótico (para el resto) y que Dick resumió así:

En ese instante, mientras miraba fijamente el signo centelleante del pez y escuchaba sus palabras, de repente experimenté lo que después supe se llamaba anamnesis—una palabra griega que significa literalmente “pérdida del olvido”. Me acordé de quién era y dónde estaba. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, todo tuvo sentido para mí. Y no solo pude recordarlo, sino que pude verlo.

¿Qué vio? Pues que el mundo no existía o, por lo menos, no existía de la forma en que lo percibíamos, porque el mundo se había detenido el siglo primero de nuestra era y nuestra realidad no es más que una grosera falsificación, una compleja niebla que esconde el hecho fundamental: aún vivimos en el imperio romano. Dick dedicó los siguientes 8 años (y cerca de 3.000 páginas y cuatro de las novelas más extrañas y poderosas jamás escritas) a explorar esa intuición (o revelación, como se prefiera) en un diario que llamó Exégesis (y que el editor del primer tomo publicado, Jonathan Lethem, describió como algo “absolutamente sofocante, brillante, repetitivo y contradictorio. Solo podría contener el secreto del universo”). La carta que sigue, curiosamente, fue escrita unos meses después de este momento de iluminación.

Y aquí hay uno de muchos vídeos en los que PKD explica su particular concepto de lo que la realidad es (y lo que no es, claro). El original de la carta, por cierto, vive aquí (de ahí sacamos las imagenes de más abajo). Hay un artículo estupendo sobre Dick en Jot Down y otro de Rodrigo Fresán en Página12.

Querida Claudia,

Desde la última vez que te escribí (la carta de siete páginas a Pedro Fitting, que iba acompañada de la carta de dos páginas para ti) he seguido teniendo el mismo sueño que ya te conté, una y otra vez: Frente a mí se alzaba un libro vasto e importante que yo tenía que leer. Ayer, por ejemplo, aprovechando que Tessa y Christopher se habían ido a pasar el día al campo, dormí varias siestas y tuve cuatro sueños en los cuales aparecían cosas impresas, de las cuales dos resultaron ser libros.

Durante tres meses, prácticamente casi cada noche he tenido sueños que incluyen material escrito. Y en los últimos días se hizo evidente que se me señalaba un libro específico. Que el fin último de estos sueños era llamar mi atención sobre un libro real que existía en algún lugar del mundo real, que yo lo iba a encontrar, y a continuación, lo iba a tomar y a leer.

El primer sueño, el 4 de julio, fue mucho más explícito que cualquiera que hubiera tenido antes; yo sacaba mi copia de Yo no temeré mal alguno, de Robert Heinlein, un gran libro azul de tapa dura y edición inglesa, para enseñársela a dos hombres. Ambos dijeron que este no era un libro (o no era el libro) que les interesaba. Sin embargo, estaba claro que el libro que ellos querían era grande y azul y tenía tapa dura.

En un sueño de hace un mes me las arreglé para ver parte del título; terminaba con la palabra “Grove”. En ese momento yo pensé que podría ser A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, pero no fue así; sin embargo, había una palabra larga similar a “Budding” antes de “Grove”. 1

Así que yo sabía por la primera parte de la jornada de ayer que estaba buscando un gran libro de tapa dura y color azul –muy grande y largo, de acuerdo con algunos sueños; interminablemente largo, de hecho– cuyo título terminaba con la palabra “Grove” y a esta la precedía una palabra que sonaba como “en ciernes”.

En el último de los cuatro sueños de ayer daba un vistazo al pie de imprenta en el libro y otro a la tipografía. Estaba fechado en 1966 o, más probablemente, en 1968 (esto último resultó ser el caso). Así que empecé a estudiar todos los libros que tenía en mi biblioteca que podrían ajustarse a estos requisitos. Tuve la gran intuición de que cuando al fin lo encontrara, tendría en mis manos un libro de sabiduría místico u oculto o religioso que sería también una puerta a la realidad absoluta detrás de todo el universo.

Por supuesto, existía también la posibilidad de que yo no tuviera el libro en mi biblioteca, y que tuviera que salir a comprarlo. En varios sueños ocurría que pasaba por una librería para hacer precisamente eso. Una vez ocurría que el libro se sostenía frente a mis ojos y sus páginas estaban totalmente chamuscadas por el fuego. Razón de más para que lo considerara un libro muy sagrado, tal vez aquel del que se habla en el Libro de Daniel.

Como sea, hoy revolví la casa durante todo el día, aprovechando que Tessa estaba en cama, insolada, y de repente me encontré el libro. Después de tres meses, la búsqueda había terminado por fin.

Tan pronto cogí el libro de la estantería, comprendí que era el libro correcto. Lo había visto una y otra vez, cada vez con mayor claridad, de modo que no podía estar equivocado.

El título del libro era La sombra del bosquecillo floreciente2, la tapa dura y de color azul, y lo llenaban poco menos de 700 páginas atiborradas de tipografía diminuta. Había sido publicado en 1968. Es el libro más aburrido en el mundo; traté de leerlo cuando me lo envió El club de los libros que buscan libros, pero no fui capaz.

Es una biografía de Warren G. Harding.

Cordialmente,

Phil Dick

PD Esto está en un nivel, y sirve para demostrar que nunca se deben tomar los sueños demasiado en serio. O prueba que el inconsciente o el universo o Dios o cualquier otra cosa, pueden tomarte el pelo. Una broma de tres meses. (Si quieres leer el libro, te lo envío por correo. Aunque el franqueo debe costar una fortuna. ¿Segura que no tienes nada mejor que hacer en los próximos tres años?)


  1. El segundo libro de En busca del tiempo perdido (A la sombra de las muchachas en flor) ha sido traducido en inglés como In the Shadow of Young Girls in Flower, pero también como Within a Budding Grove, que es el título al que se refiere Dick.
  2. The Shadow of Blooming Grove