A los otros
Luz de día, de mañana en el trópico.
Llevo años sentada en esta silla. Clavada. Y no me puedo mover. Al principio… al principio, pensaba que sería alg…
¿Lo han oído?
¿Ese ruido?
¿No?
Ha caído otro mango.
Cada día suele caer alguno.
Maduro. Sabroso.
Pam.
Ese ruido. Pam. Cuando toca el suelo. Me avisa. Pero yo no puedo ir a por él. Ya se lo he dicho. No puedo despegar el culo de esta silla. Los mangos van cayendo y yo no me los puedo comer.
Cuando me quedé aquí sentada, al principio, cuando oía ese pam, intentaba levantarme con todo mi nervio.
Todo esfuerzo fue en vano.
Un día, hace más o menos una década, un día de mucho calor, oí el impacto.
Dulce.
Pam.
Y no me inmuté.
Estaba sudando mucho y no me apetecía gastar energía en algo que no iba a conseguir.
Supongo que asumí mi condición: estar aquí sentada, para siempre.
Cerré los ojos.
¿Quieren cerrarlos ustedes también?
Bueno, yo… este yo que está aquí sentado, les propone cerrarlos conmigo.
Me levanto de la silla. Sin esfuerzo alguno. Camino hacia la parte delantera del patio, la de los árboles. Los limones están compactos, voluptuosos. Brillan. Como si los hubieran cubierto de cera. Las guayabas han empezado a florecer.
Me entretengo paseando. Mirando hojas, frutos y flores.
El viento me acaricia.
Silencio.
Aquí está. El mango.
El golpe contra el suelo no lo ha roto. Debe ser de las ramas bajas. Lo toco. Esa piel fuerte. Casi impenetrable. Tantos días, tantos años, tantos pam… Y ahora lo tengo entre mis manos.
Lo huelo.
Pienso en morderlo. Lo hago. Pero me da un poco de asco.
Paro.
¿Y ahora qué?
¿Cómo me lo como?
¿Le arranco la piel a bocados?
¿Desisto?
De repente, aparece un cuchillo en el suelo.
(Eso es lo bonito de la imaginación, te regala todo lo que necesitas.)
Empiezo a pelarlo.
Mis manos llenas de jugo. El olor dulzón penetrándome hasta las uñas de los pies. El primer desgarro, pausado. Los demás, atropellados. Las fibras entre los dientes. El jugo en la boca, el cuello, el escote. Las manos pegajosas. El éxtasis.
Al rato abrí los ojos. Y seguía aquí, así, como me ven ahora. Sentada. Joder… cómo nos ayudan las palabras. Suerte tengo de las palabras. A veces pienso que solo soy palabras. Un día unas, otro día otras. Algún día todas a la vez.
Las palabras…
Me voy por las ramas. Perdón. Esta no es la historia que les quiero contar. Me paso tantas horas aquí, a solas, a veces años, que cuando tengo a alguien con quien hablar me da como que lo quiero contar todo…
A ver… voy a centrarme.
¿Les gustaría saber por qué estoy aquí sentada, verdad?
Bueno, en realidad no sé por qué lo pregunto…
Esta situación. La mía. La de estar aquí, con el culo pegado a la silla, es el resultado de algo que empezó a ocurrir el 24 de julio de 1998, en este pequeño país del trópico que no voy a poder nombrar.
Sí, esta historia está basada en hechos reales y, por motivos de seguridad, tendré que obviar los nombres de algunas personas y, también, de los lugares donde sucedió lo que sucedió.
En fin…
24 de julio de 1998.
No me costó levantarme de la cama. Madrugar me cuesta mucho. Muchísimo. Pero ese día salí de la cama temprano y bien contenta. Quizá es un poco exagerado llamarle cama a ese colchoncito delgaducho plantado sobre el suelo de hormigón. Pero eso era mi cama y lo fue durante mucho tiempo. Menos del esperado, pero más tiempo del que llegué a pensar en algún momento.
Mi cama, mi cuarto, estaban justo al lado de la destiladora de eucaliptus. Olía superbién. A pesar de ser incómoda, la habitación olía superbién. Los días que usábamos el alambique nuestra piel quedaba impregnada de ese olor durante horas. Qué rico.
Estaba trabajando para una ONG en un proyecto de… Ais, soy una rollera. A ver si me centro. Me hace tanta ilusión que estén aquí y… empiezo… nada… que me entra esta verborrea, estas ganas de explicarlo todo. Con detalles. Disculpen.
Deberían visitarme más a menudo…
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí! El motivo de mi rápida puesta en marcha… ¡eso es!
Estaba ilusionada. Llevaba un mes sin ver el mar y Án… mmm… llamémosle… Él… Ay… Sonrío cada vez que pienso en Él… es que cuando nos presentaron, al instante, entendimos que algún día nos… Perdón, al grano: Él, me propuso acompañarle a trabajar.
Me había dicho que iríamos a comprar unos cocos. Sí, unos cocos. Él, estaba diseñando un plan de prevención de inundaciones y creo que una de las acciones consistía en repoblar la zona de cocoteros, para… en realidad no sé muy bien para qué. Pero la idea de transportar esas bolitas redondas, marrones y peludas de un lado a otro con la pick up me parecía estupenda y más si la mañana acababa con una visita a la playa.
Le pregunté si podía venir Oriol, mi amigo. Con Oriol compartía piso en Barcelona y estancia, proyecto y aventuras en este país. Él, con tal de tenerme cerca, accedió, así que fuimos los dos, Oriol, y yo.
Oriol y yo, ya habíamos superado la salmonelosis. Y la maldita diarrea. Y los vómitos. Y los mareos. También la pesadilla de cagarnos encima en medio de la calle. El que se cagaba encima era Oriol, pobre. Menuda historia. El día que llegó queríamos celebrar el encuentro y fuimos a comprar un helado. No era fácil encontrar un helado en esa zona rural. Pero lo encontramos. Un twistter. Dos. Qué ricos. Y qué mal conservados, hostia.
A la mañana siguiente no éramos personas. Estábamos en medio del campo, no había transporte público, ni teléfono. La única opción era salir al camino más cercano, interceptar el primer trasto con cuatro ruedas que apareciera y preguntarle si nos podía llevar a la capital para que nos viera un médico.
Vimos un camión, rojo, grande, y vacío, que se acercaba, levantando polvo. Mucho polvo. Nos dijo que iba a la ciudad y que tenía prisa. Le pagamos. Subimos a la palangana, la zona descubierta donde va la carga. Achicharrados y tragándonos toda la polvareda viajamos durante un par de horas por esas carreteras. Carreteras sin asfalto, sin señales de tráfico y sin líneas separando los carriles. Vaya, que la fiebre y los retorcijones eran casi lo de menos.
Llegamos a la oficina de la ONG. Estaba cerrada. Era la hora de comer. No quedaba otra: esperar fuera. En la calle. Oriol… bueno, lo que quedaba de Oriol, esos dos metros de pura fibra tumbados en la acera, con la cabeza sobre mis muslos, soltaban mierda sin parar. Yo podía tenerme en pie y me iba a cagar al árbol. A pleno día. No teníamos papel. Pero cagábamos igual. La gente pasaba y se apartaba. Olíamos a mierda. Parecíamos yonquis.
Por suerte, esa pesadilla se había acabado… y yo me estoy yendo por las ramas otra vez. Ais… os lo explico un poco para que entendáis… no sé. No sé qué tenéis que entender con esta historia de la caca. Simplemente pasó. Y la superamos. Volvíamos a estar en el campo, destilando aceites esenciales y clasificando plantas. Y un día al lado del mar era un buen modo de festejar que todo continuaba bien.
Él me había dicho que cuando acabásemos la faena iríamos a la Bahía de Ji… ups, casi se me escapa el nombre de un sitio. Pues eso, iríamos a ver el mar. Y a comer. También me comentó que en la bahía había una isla…
¿Y podremos ir? ¿Hay barcos que vayan hasta allí?
Se rió y me miró. Como casi siempre que le decía algo.
No, no podemos ir. Hay piratas.
¡Oh, qué guay! ¡Piratas!
No, no es guay. Son piratas de verdad. Asaltan y matan.
¡Joder!
Estaba más sorprendida por la existencia de piratas en plena acción, que por la posibilidad de… da igual… Había llegado hacía más de un mes. Ya me había acostumbrado a oír tiros. A ver ataúdes. A ser advertida de no transitar por según qué sitios. Incluso a comprender la muerte y la violencia desde otra perspectiva. Ese «¡Joder!», pues, no significaba lo mismo que mis otros «joderes», los de antes de llegar. Era un «joder» diferente. Una variación ética y moral de los «joderes» de antes. Un nuevo «joder» que se estaba construyendo, sin que yo todavía supiese muy… no sé… lo qué significaba.
Iremos a un sitio seguro, tranquila. Pero no, no vamos a navegar.
Él… Ay… Con sus palabras, su sonrisa… Y esa mirada que me removía las entrañas… Me hacía sentir bien, pero yo no quería aceptarlo.
¡Piratas!, iba pensando, mientras subía al coche.
¿Les veré a lo lejos?
¡Cómo me gustaría ser pirata!
Surcar los mares. A vela. Irrumpir en barcos cargados de mercancía. Robarles. Sin matar a nadie. (Solo magullándolos un poquito). Y seguir navegando rumbo a esa isla soñada. Encontraríamos el cofre del tesoro. Lo celebraríamos. Y, después de descansar un poco, mi tripulación y yo, cargaditos de oro, seguiríamos surcando los mares. Descubriendo paraísos inhabitados, remotos… vírgenes. Maravillosos.
Eso pensaba.
La mañana prometía.
Y mi imaginación volaba.
Éramos siete y teníamos una misión: llevar cocos de un lado a otro y burlar a los piratas desde la orilla.
¡Menudo plan!
Perfecto. El plan perfecto. Era todo perfecto.
A mí me dejaron ir detrás de la pick up, de pie. Con Oriol y con… con… con Álvaro. No se llamaba Álvaro, pero le queda bien el nombre. Álvaro era, es, el hermano de Él. Álvaro había llegado el día anterior y flipaba. El escenario era muy diferente a su Madrid natal. Estaba en plena jungla sensorial. Carreteras de barro. Baches. Frenazos en seco. Gente cruzando sin mirar. Infinidad de sombreros de campesino moviéndose entre arbustos. Entre coches. Entre más sobreros de campesino. Rostros morenos. Miradas llenas de vida regalada. Almas que habían burlado la muerte.
Silencio.
Recuerdo la humedad de esa mañana.
Cumplimos con nuestro objetivo: cocos cargados, descargados y entregados.
¡Rumbo a la bahía!
De nuevo en la parte posterior de la pick up, agarrados a la barra de la cabina, para no caer, no parábamos de gritar.
¡Eeeh!
¡Aaaahhh!
¡Tomaaaaa!
¡Cómo molaaaaaa!
Saltos. Frenazos. Ruedas deslizándose por el barro que nos hacían ir de un lado a otro. Éramos felices, los tres que íbamos detrás: Álvaro, Oriol y yo. Los que iban dentro del coche supongo que estarían hablando de trabajo… Y supongo, también, que estarían pensando en cuál era el mejor camino para llegar.
Nos estábamos alejando de las comunidades. De los grupos de casas, de sus paredes de adobe, de sus maderas viejas, de sus techos, a veces construidos con restos de ataúd. Los detalles…
Hacía un buen rato que no veíamos a nadie.
El barro de la carretera estaba fresco, sin rastro de otros coches.
¡Una aventura en toda regla!
¡Qué felicidad!
¡Qué sensación de libertad!
Aullando. Contentos. Descubriendo el mundo.
Y de repente…
¡Párenseeee!
¡Bájenseee del auto!
Se oían lejanas esas voces. Aunque los cinco encapuchados, con pañuelos cubriéndoles el rostro, saltando y corriendo hacia nosotros como salvajes, empuñando sus armas, estaban cada vez más cerca.
Yo no pensaba.
Pienso ahora.
Ahí me limité a hacer lo que decían.
Bájense del auto. Manos en la nuca. Quítense los zapatos.
A mí me los dejaron puestos. Era la única mujer.
¡Andando!
Nos apuntaban y nos gritaban. Nosotros íbamos cumpliendo órdenes.
Uno se llevó a Pedro, el conductor, que no se llamaba Pedro. Con el coche.
El resto andábamos en fila india. Descalzos, ellos; yo no. Con las manos en la nuca. Y con cuatro encapuchados guiándonos, a gritos, fuera del camino.
Yo seguía sin pensar.
Creo que nadie pensaba.
Bueno, los que habían nacido en este pequeño país sí que pensaban, seguro.
Tampoco recuerdo qué sentía. Creo que nada.
A veces me he preguntado si lloraba, y la verdad, creo que ahí, todavía no.
Nos adentramos en el bosque.
Otra pregunta que me hago a menudo es: ¿tenía miedo?
Creo que no, ahí todavía no.
No pensaba.
No sentía.
Me limitaba a cumplir órdenes.
Han pasado más de veinte años. Y lo recuerdo todo. Como si me hubieran tatuado una fotografía en el cerebro.
Recuerdo perfectamente la luz.
El color del barro.
Los troncos de los árboles.
El color de sus ropas. Y de las nuestras.
Recuerdo el lugar donde nos detuvimos.
Había una pequeña explanada. Muy pequeña.
Y nos tenían allí parados. Con las manos en la nuca.
Nos cachearon uno a uno.
A mí, tres veces. Y las tres veces me tocaron el culo.
A la tercera me pidieron los zapatos.
Me habían separado del grupo. Un poco. Y tenía una pistola en la cabeza.
Cuando me agaché para quitarme los zapatos, la pistola acompañó el movimiento de mi cuerpo hacia abajo. Hasta los pies. Allí lloré. De ese llanto contenido me acuerdo. También del temblor de la mano que sostenía la pistola fría.
El cañón me tocaba la piel.
Y también recuerdo que mis manos se movían imprecisamente. Temblaba. Pero yo intentaba hacer los movimientos más firmes, más precisos de mi vida.
El asaltante tuvo… creo que tuvo… un momento de compasión cuando vio que las lágrimas me inundaban las mejillas. Y el cuello. Y el escote. Y yo no estaba ni sollozando.
Tranquila, me dijo, no te va a pasar nada.
Pues esto que me está pasando ya es mucho, tío. Pensé, mientras su mano temblorosa me presionaba la sien con la pistola.
El llanto cedió.
Supongo que me fue bien pensar que…
¿Lo han oído?
¿Ese ruido?
¿No?
Ha caído otro mango.
Voy a cerrar los ojos. Lo hago cada vez que cae uno.
Les invito a hacer lo mismo.
Esta vez iré un poco más rápido.
Silencio.
Aquí está.
Lo toco.
Esa piel fuerte. Casi impenetrable.
Lo huelo.
Un cuchillo.
Jugo. Olor dulzón. Éxtasis.
Silencio.
¿Dónde estábamos?
Ah… en… en ese… «No te va a pasar nada».
El llanto cedió.
Habíamos hecho un pacto: si no fallaba nada, si no pasaba un pájaro que le asustase, si no tantas cosas, seguramente, de esa pistola, no saldría ninguna bala para mí en ese momento. Y eso fue un consuelo. El único consuelo al que podía aferrarme.
Me devolvieron al grupo.
Lo que hicieron conmigo, lo hicieron con alguno más. No me acuerdo con quién. Ni tengo imágenes de eso. Me estaba recuperando de ese frío en la sien izquierda. Ese temblor. Ese dedo en el gatillo que sostenía mi vida.
Dejé de pertenecerme.
Mi vida entre un dedo y un gatillo.
Qué poco margen.
Me detuve un buen rato en el dedo tembloroso de ese joven atracador, que había sentido algo de compasión por mí y me había dedicado unas palabras de consuelo.
Me veía desde arriba. Como si mirase una película de lo que había sucedido hacía unos minutos. Con los pantalones cortos de color camel que le había cogido prestados a Oriol y esa camiseta de tirantes negra de canalé que guardé durante años. Llena de polvo. Y despeinada. Pequeña. De rodillas. Quitándome los zapatos. Con la pistola surcando mi temporal izquierdo.
Veo a esos encapuchados. Apartándonos uno a uno, manoseándonos, husmeando en nuestros bolsillos.
Le veo a Él, y a Álvaro, a Oriol y a los otros dos, de quienes hoy no recuerdo el nombre, pero sí sus rostros, sus cuerpos y sus ojos. Incluso sus camisetas.
Silencio.
Se acabó el cacheo.
Volvíamos a estar los seis en fila.
Uno al lado del otro, de pie.
Con las manos en la nuca.
Los asaltantes nos apuntaban a lo lejos. Dos pistolas. Dos fusiles de asalto: un Ak47 y un m16. Despojos de una guerra que nunca se terminó de zanjar. Armas rivales y un mismo propósito: robarnos y quizá matarnos.
Oímos el ruido de un coche.
Quizá era el final del asalto. O de nuestra vida. Cualquier cambio, cualquier movimiento, podían ser un final.
Y sí, ya empezaba a pensar. Creo que todos pensábamos. En aquel momento, sí.
El ruido se acercaba. Y la incógnita era insoportable.
Ojalá sea la policía.
Y si me encuentro en medio de un fuego cruzado, ¿qué hago?
Mejor que no sea la policía.
¿Será Pedro?
Ojalá sea Pedro.
¿Y si viene el otro asaltante en el coche, sin Pedro?
Ojalá no sea nuestro coche.
No quiero ver a un muerto.
Finalmente llegó el coche, con Pedro al volante.
Lo hicieron bajar y lo empujaron hacia nosotros. Uno más de los nuestros. De pie, a nuestro lado, con las manos en la nuca.
Quizá era el final del asalto.
Quizá era el final de nuestras vidas.
¿Por qué nos retenían si ya tenían todas nuestras cosas?
¿Por qué habían vuelto con Pedro y con el coche y no nos podíamos ir?
¡Gírense!, gritó uno.
Y mientras me giraba, la vida entera me estalló en la cabeza.
Tal cual.
Sucede.
Esperaba el tiro. Los tiros.
Pero hubo silencio.
Silencio.
Luego, hablaron entre ellos. Yo temblaba por dentro, mucho. Y derramé muchas lágrimas. En silencio. Era la única mujer. Me habían contado demasiadas historias sobre violaciones y asesinatos. Por eso cuando les oí hablar, me asusté. No sabía si hablaban de dejarnos marchar o de quién sería el primero en violarme. Solo deseaba que si me violaban, me dejasen marchar. Que no me matasen. Que no me cogieran de rehén. Que no me torturasen durante días. Que fuese rápido. Que no fuese muy doloroso. Recé. A Dios. Sí, ya sé que no existe. Pero recé. Le pedí esto: una violación rápida, no muy dolorosa, sin sangre, sin tortura, sin secuestro.
Todos empezaron a preocuparse por mí.
Uno tras otro, me susurraban. Sin apenas mover los labios.
Tranquila, no te va a pasar nada.
Estamos aquí.
Te vamos a proteger.
A mí eso me dio más miedo. Tanto que empecé a concentrarme en los mosquitos que me estaban comiendo las piernas. Disfruté de cada picada. Contenía el reflejo de apartarlos. Lo había hecho desde el principio sin darme cuenta. En ese momento, tomé consciencia. Un movimiento reflejo para ahuyentar a esos mosquitos también podría haber sido un final. Mi final.
Tres pistolas y dos fusiles de asalto apuntándome. Por la espalda.
Mi vida estaba entre esos dedos y esos gatillos.
No podía permitirme ni el más mínimo desliz. Tenía que estar quieta. Las manos en la nuca. El barro tragándose mis pies. Y los mosquitos devorándome.
Las marcas de los mosquitos tardaron dos años en desaparecer.
Dos años, o más. Con esas horas grabadas en la piel. Cada vez que me miraba las piernas, cada vez que me embadurnaba de crema, cada vez que me ponía la ropa o me la quitaba: allí estaban.
Dejaron de hablar entre ellos.
Temimos lo peor.
Pensé en mis padres.
Como nunca.
Les pedí perdón por haberme metido en esa maldita aventura sin retorno.
Les mandé toda mi fuerza para superar la muerte de su hija.
Y le recé a mi abuelo.
Había muerto hacía apenas unos meses. Soñaba con él. Era un sueño recurrente. Venía a mi cama, me despertaba con ternura y me decía: «he venido a abrazarte».
Le pedí que me ayudase. Que me abrazase en ese final. Que me acompañase, por favor. Y sentí paz.
Silencio.
Pasaba algo. Hablaban más alto. Movimiento. Mucho. Demasiado.
Silencio.
Oímos pasos y voces que se alejaban.
Otra vez la situación cambiaba. Otra vez la incertidumbre en nuestras mentes. Cualquier cambio significaba una dosis más de miedo. Un paso más hacia lo indeseado.
De repente, uno de los nuestros susurró.
Solo son tres. Voy a atacar. Tranquila, esto se acaba.
No te muevas, hijo puta. Mis primeras palabras desde que habíamos bajado del carro.
Fui suficientemente convincente como para que no se moviese ni un centímetro de su posición. También en ese momento, cuando le miré de reojo, me di cuenta de que no tenía las manos en la nuca.
Más tarde, cuando todo acabó, supe que había sido de las fuerzas de élite de la guerrilla de este diminuto país.
Más tarde supe también que habría podido con todos. Pero en aquel momento, otro miedo se apoderó de mí.
Que este tío no se lance al ataque.
Por favor.
Si se mueve, ¿qué hago?
¿Me voy corriendo detrás de un árbol?
¿Corro hacia la derecha? ¿O mejor hacia la izquierda?
¿Me tiro al suelo y me arrastro?
¿Subo a ese árbol como sea?
No tenía respuestas. Y como vi que, de momento, no se movía, intenté derivar la atención hacia otro lugar. Me evadí. De las intenciones de quién nos quería salvar. Y de los fusiles y las pistolas que nos apuntaban.
Para entretenerme, empecé a hacer cálculos.
Nos habían recogido sobre las ocho de la mañana. Entre la recogida, la carga y la descarga de los cocos, debían haber pasado entre una y dos horas. Allí debíamos llevar un par de horas más, aunque no lo tenía muy claro. Así que calculé que eran entre las diez y las doce de la mañana. Le sumé siete horas. Y me salió que en ese momento debían ser entre las 5 y las 7 de la tarde en Menorca.
Pensé en qué día era, qué día de número. Desde que llegué estaba escribiendo un diario, por eso no dudé: 24 de julio. Festes d’Es Castell. Pensé. Mis amigas están dándolo todo en el jaleo, entre caballos y gente sudada. Estarán bebiendo pomada. A esta hora ya deben tener la risa tonta en marcha. Estarán diciendo chorradas por doquier. Y yo aquí.
Hoy han comido paella. Como cada año. Qué rica está esa paella que encargamos cada año no sé de dónde. Ahora comería paella, pensé. Dos platos. Con mucha cerveza y mucha pomada de postre. Esa pomada que hacía Nati, con limón natural y menta fresca y un montón de Gin Xoriguer. Deseaba litros.
Yo, que me había ido de viaje sola por primera vez. Que había cruzado el océano por primera vez. Que, como dice mi diario, estaba buscando sentir la libertad plenamente. Abrir mis puntos de mira. Conocer mundo. Conocer gente. Vivir de otra manera. Yo, que había renunciado a mi gran amor para poder cumplir mis sueños de exploradora temeraria. Yo, que había decidido, por primera vez, no pasar un verano en mi isla. Yo, que me sentía aburrida de hacer siempre lo mismo. Yo, que me lancé a ese viaje buscando nuevas emociones. Yo, en ese instante, a mis 21 años, deseé una vida monótona, con mi gente de siempre, con mis rutinas de siempre. Con los sabores de siempre. Sin cambio alguno, por favor. Y, yo, me maldije por haber tenido tanta ambición. Me maldije por no haberme conformado.
Y así me entretuve. Con algún susto de por medio. Cuando algo se movía. Cuando un pájaro pasaba volando. Cuando uno de los nuestros se desplazaba unos milímetros. Cuando, sin verlos, notaba que uno de los otros cambiaba de posición.
También me seguían entreteniendo los mosquitos. Se estaban zampando mis piernas.
Mis pies estaban cada vez más metidos en el barro.
Empezó a llover, poquito.
Era época de lluvias. Fuertes. Abundantes. Pero apenas chispeó. Y eso fue una suerte.
Más tarde, nos contaron que el sitio donde nos habían llevado era una especie de fosa común, llena de cadáveres. De muertos sin valor. De gente asesinada. De personas que no merecían ni un lugar dónde descansar en paz.
Cuando me lo contaron, no podía dejar de dar las gracias a quién fuese por esa lluvia, dócil. No quiero ni imaginar lo que habría ocurrido si propulsados por un chaparrón tropical, de entre ese barro que ya estaba absorbiéndome los pies, hubiesen empezado a asomarse restos. Humanos. Cadáveres en descomposición.
¿Se lo imaginan?
Yo sí. Y estoy segura que habría gritado, me habría movido y la habría liado parda.
Seguro, vaya.
Llevábamos un buen rato sin cambiar de situación.
Me acostumbré al miedo.
Al miedo de ese instante permanente.
Todo era como un solo instante.
Hasta que oímos voces que se acercaban.
Otra vez el pánico.
Otra vez las mismas dudas.
Ojalá sea la policía.
Ojalá que no sea la policía.
Ojalá se vayan y nos dejen aquí.
Ojalá no me maten.
Ojalá no se queden conmigo.
Ojalá que no me violen.
Ojalá que cuando me violen lo hagan rápido.
Ojalá que no me maten a mí.
Ojalá que no maten a Oriol.
Ojalá que no le maten a Él.
Ojalá que no maten a Álvaro.
Ojalá que no maten a Pedro.
Ojalá que no maten a Mau… al… gue… al exguerrillero.
Ojalá que no maten a… al de la camiseta azul.
Ojalá sigan este orden inverso para matarnos.
Ojalá sepa volver sola a algún sitio si soy la única a la que no matan.
Ojalás que pasaron por mi mente en menos de un segundo.
¡Gírense!
Y en esa media vuelta, de nuevo… todo lo vivido, diluyéndose, ante mí, en un instante.
Esta vez, además de contemplar cómo se escapaba la vida, también pensé.
¡Serán sádicos!
Quieren vernos la cara mientras nos disparan.
Les odié. Creo que por primera vez.
El mundo se había parado.
Unos frente a otros.
Un vacío.
Inmenso.
Dos fusiles. Un AK47, ruso. Un M16, norteamericano. Y tres pistolas que no supe clasificar.
Cinco hombres… que no eran hombres. Eran chavales. Sus cuerpos eran inmaduros, se notaba. Cinco críos, vestidos con ropa negra, desgastada. Negro pulga, como diría mi madre. Pañuelos en el rostro. Capuchas y sombreros para ocultar el pelo. Había uno que llevaba una peluca. Como de payaso. Amarillo canario. No debía tener sombrero…
Ellos, los otros, cinco chavales, desafiandonos con sus armas. En silencio. Cara a cara. Con nuestras vidas entre sus dedos y sus gatillos. Lo repito una y otra vez, pero es que la sensación era terrible. Mi vida no me pertenecía, no era mía. Mi vida ocupaba el espacio entre esos dedos y esos gatillos.
En el otro lado, nosotros. Siete. Seis con las manos en la nuca. Uno con los brazos al lado del cuerpo. Los siete, expectantes. Ya sin miedo. Era el final. Solo podíamos desear que no nos hicieran mucho daño, pero creo que ni pensábamos en eso.
En mi cerebro, silencio.
Respirando vacío.
Silencio.
¡Márchense! ¡Todos al carro! ¡De uno en uno!
Al coche, me dijo alguien, de los nuestros.
No recuerdo quién. No recuerdo la voz. Al grito de «márchense», nadie se había movido. Y uno de los nuestros dijo mi nombre. Reaccioné y empecé a caminar. Pasé al lado de los otros. Con la cabeza agachada. Intentando ser invisible.
Tú y tú.
Esperen.
Me paré un segundo, para comprobar si hablaban conmigo.
Miré.
Vi que les habían cogido, a Oriol y a Él.
Los tenían encañonados.
Temí lo peor.
La chemi.
¿Qué? No entiendo.
(Oriol no lo entendió.)
La chemi. Sonó de nuevo con más violencia.
La camiseta, tradujo alguien.
Noté a Pedro, el conductor, detrás de mí. Me hizo avanzar. Le tocaba salvarme. Entendí el trato. Si pasaba algo, él y yo huíamos en el coche.
Avancé.
En un acto reflejo me fuí a la parte trasera de la pick up, la zona descubierta. Mi sitio desde que habíamos salido esa mañana.
Adentro. Adentro. Rápido. Clamó Pedro sin respirar.
Lo entendí, al instante. Y lo hice.
Entré en el coche.
Cerré la puerta.
Joder.
Pedro también entró y cerró la puerta.
Joder.
Puso la llave en el contacto.
Joder.
Encendió el motor.
Yo miraba agachada desde el asiento trasero.
Uno a uno, iban llegando al coche.
Otra vida salvada.
Oriol y Él seguían encañonados.
Tranquila, repetía Pedro.
Se había convertido en mi guardián. Mi Salvador. Pero yo… yo sufría por mi amigo, y por Él. Quizá los mataban y yo no podría hacer nada. Solo huir.
Silencio.
Llegó el momento. Por fin. Les dejaron marchar.
¿Estamos todos?
Sí.
Arrancamos.
Cuando parecía que la pesadilla había terminado, las ruedas delanteras del coche quedaron bloqueadas por una montaña de barro que Pedro no pudo esquivar. Todos saltaron del coche. Yo también iba a hacerlo. Abrí la puerta. Y otra vez les oí. No sé si a todos o solo a uno.
Adentro. No te muevas.
Cierra la puerta, dijo Pedro desde el volante.
Cerré la puerta.
A patadas, empezaron a derribar árboles, árboles de tronco fino, pero árboles en definitiva. Los observaba desde el coche, parecían superhéroes.
¡Están ahí!, gritó Mau… el ex-guerrillero.
Agáchate, me ordenó Pedro.
Me incrusté en el asiento.
Levanté la vista hacia fuera. Todos inmóviles. Mirando hacia atrás. Hacia los otros.
Fui girando la cabeza, muy despacio. Hasta que los vi. Apuntándonos, con más mala leche que nunca. Sus posturas eran, por primera vez, las de quién va a disparar sí o sí.
Agáchate, ordenó Pedro, de nuevo.
Me empotré en el asiento.
Los nuestros iban amontonando troncos, con una rapidez insólita.
Gestos rápidos y precisos.
Volví a girar la cabeza.
Los otros seguían allí. Noté su violencia, más poderosa que nunca.
Agáchate, suplicó Pedro.
Construyeron una rampa en cuestión de segundos.
Vamos Pedro, acelera.
Levantaron el coche.
Era un coche grande, pesado. Imposible de levantar por cinco hombres en condiciones normales. Pero nadie dudó de que podrían hacerlo. Pusieron troncos debajo de las ruedas delanteras. Y un meneo, brusco, nos dejó en posición de salida, otra vez.
Volvieron a subir al coche. Esta vez, Oriol se sentó a mi lado. Y me abrazó.
Nos fuimos.
Miré hacia atrás un buen rato.
Los brazos de Oriol me abrazaban con fuerza.
Seguían apuntándonos. Implacables.
Les observé hasta que, a lo lejos, vi como deshacían sus posturas y se iban.
Se les veía pequeños.
Silencio.
¿Sabes lo que vamos a ligar cuando contemos esta historia?
Gilipollas. Oriol… ¡qué tío!
Me enfadé. Salí de entre sus brazos y le dije que me dejase en paz.
Miré por la ventana. Derramé todas mis lágrimas en esa ventana.
No oía a nada, ni a nadie.
Tardé mucho en volver a llorar, años. Tardé mucho más en volver a llorar por esto. Lloré por otras cosas. A veces el miedo que sentí volvía, abstracto. Y lloraba. Pero como si llorase por otra cosa.
No tardamos en llegar a las primeras casas.
Alguien había encontrado un billete en un bolsillo. Allí confirmé que sus cacheos no habían sido tan exhaustivos como los que me hicieron a mí. Pero me daba igual. Teníamos cuatro chavos y nos los íbamos a gastar.
Encontramos una tiendecilla, de bloques de hormigón vista y madera vieja. Paramos el coche. Les explicamos lo sucedido y nos dieron mucho más de lo que podíamos comprar con ese billete descuidado. No fue mucho. Pero suficiente. Coca-colas, cervezas, algunas papas y tabaco.
Me senté, en el porche, encendí un cigarro y bebí un sorbo de Coca-cola.
¡Sensación de vivir!, pensé. Y sonreí sin muchas ganas.
La mejor Coca-cola de mi vida.
El cigarrillo más sabroso.
Me recuerdo en silencio, ajena a las conversaciones de los demás. Bebiendo Coca-cola y fumando un cigarro tras otro.
Silencio.
No sé cómo llegamos al puesto de policía de la zona.
Una cabaña entre árboles.
Dos polis. Uno bueno y otro, quizá, más malo.
Venimos a denunciar un asalto.
¿Nombre de los asaltantes?
Disculpe señor agente, pero no nos hemos presentado.
Sin nombre no hay denuncia.
Dimos algunos apodos que pudimos oír cuando hablaban entre ellos. Los obvio. Como les he comentado al principio, los obvio por motivos de seguridad.
Muy bien, suficiente. Dijo el poli refiriéndose a los apodos. Me quedé atónita. Imagínense que van a una comisaría de policía y cuando les piden los nombres de las personas que quieren denunciar, ustedes responden: Micky Mouse y el Rubio. Y los polis van y asienten en señal de aprobación. Parece increíble, pero así fue.
Muy bien, suficiente. Dijo el poli. Vamos a redactar la denuncia.
Cogió un papel. Era una hoja cuadriculada de libreta DIN-4 arrancada del espiral. Vieja. Gastada. Con manchas de aceite y otras cosas escritas.
Apuntó los nombres. Y nosotros relatamos los hechos.
El poli escribía lo que le apetecía.
Veo la mesa, las sillas. Sus siluetas y sus posturas. Ese papel. Esa letra.
Acabó la declaración.
Venid conmigo, exigió, el poli bueno.
Le seguimos.
Se plantó delante de un barril y quitó la tapa.
Ustedes tienen carro, nosotros tenemos esto.
Empezó a sacar fusiles, metralletas y rifles.
¿Vamos a buscarlos?
Los podemos matar, dijo el otro poli, quizá, más malo.
Silencio.
Miradas.
No.
Ese, no, rompió el silencio. Continué… Si me los traen aquí, sí. Sí… los mato… los mato yo. No he dicho nada. ¿Por qué he dicho esto? Me quiero ir. A la ciudad. Ahora.
Todos nos miramos.
Silencio, lleno de dudas.
Me quiero ir.
Más silencio.
Más dudas.
Silencio.
Me quiero ir.
Y nos fuimos.
Silencio. Y más silencio.
Luz de noche, en el Trópico.
No fue difícil conseguir que nos dejasen una cama en una casa grande. Con su alambrada, su portero y su correspondiente fusil. Ah… Y, por supuesto, con fiesta incluida. Necesitaba alcohol. Una ducha. Lo pedí. Y me lo dieron. También me prestaron un vestido. Negro. Y unas bragas.
(Me tomé media botella de ron sentada en el suelo, bajo el chorro de agua.)
La mejor ducha de mi vida. Me encanta recordarla. A veces incluso siento el olor del jabón que usé. Y a veces, cuando la recuerdo, cuando llego al final del recuerdo, me parece que tengo el pelo mojado, la piel fresca. Y, algunos días, cuando me miro, después de recordarlo, me parece que llevo puesta la ropa que me prestaron.
Silencio.
Los invitados no tardaron en llegar. Había mucha gente y, todos, sabían lo que nos había pasado. La gente me hablaba, pero yo no les oía.
Se me acercaron mujeres, ofreciéndose para escuchar mi trauma. Yo daba las gracias. Les decía que estaba bien. Y me servía otra copa. Todas, sobre todo las lugareñas, daban por sentado que me habían violado.
No me han hecho nada, repetí, en más de una ocasión.
Y seguía bebiendo.
De verdad. Repetía. Nada.
Y bebía.
Solo me han tocado el culo. Tres veces.
Solo me han puesto una pistola en la sien. Izquierda.
No me creían.
Decidí aislarme. Más. En la cocina.
Ahí estaba Él, botella de tequila en mano.
¿Quieres?
Vale.
¿Sabes cómo se toma esto aquí?
No.
¿Puedo?
Claro.
Me dió un beso húmedo en la mano y echó un poco de sal. Me estremecí. Cogió una rodaja de limón y me la puso entre los labios, con delicadeza. Lamió la sal, bebió un sorbo de tequila a morro y, sin rozarme, arrancó el limón de mis labios.
Ahora te toca a ti.
Nos bebimos la botella de tequila a pachas.
Pero no me emborraché.
Silencio.
Nos abrazamos muy fuerte, en la calle.
Sentí su fuerza.
Su cariño.
Silencio.
Esa noche será nuestra. Siempre.
Habíamos ganado una batalla y lo celebramos juntos.
¿Lo han oído? ¿Ese ruido? ¿No? Ha sido un tiro. Habrán matado a alguien. Ais, perdón, ya paro… Pero es que… nada. Sigo. ¿Qué decía? Ah sí… Él…
Me desperté entre sus brazos, flotando. Todavía siento su olor. A bebé. Sí, ese hombre de manos grandes, quince años mayor que yo, olía a bebé. La luz entraba por la ventana. Nos miramos, en silencio. Mucho rato.
Silencio.
Estamos vivos, susurré con la voz entrecortada.
Silencio.
Mientras desayunábamos les pregunté, a Él y a su hermano, Álvaro, si tenían agujetas. Teníamos agujetas en todos los rincones del cuerpo, del alma, del cerebro, del corazón. En los párpados también.
Silencio.
La vida, como no puede ser de otro modo, continuó.
Oriol y yo, volvimos al campo.
Retomamos las rutinas. Recolectar plantas. Clasificarlas. Hacer que nuestro proyecto de herbario fuese una realidad. Destilar eucaliptus. Y citronela. Trabajar en el campo. Recolectar pipianes. Ir a la tiendecita a media tarde a tomar una cerveza. Cenar con la familia que nos acogía. Ducharnos, vestidos, en el pozo. Cagar. En esa letrina. Caca líquida. Mientras las moscas se cebaban con nuestro culo.
Tenía pesadillas. Una pesadilla recurrente. Me despertaba sudada. Y corría a la ventana para comprobar que no estaban allí. Soñaba que los ojos de esos cinco, de los otros, me miraban desde la ventana. Sus rostros cubiertos. Sus capuchas. Esa peluca de payaso amarillo canario. Me miraban, apuntándome con sus fusiles y pistolas. Era horrible.
Intentaba volver a dormir. Pero no lo conseguía. Y a pesar del miedo, salía de la habitación. Sin linterna. Me iba al pozo. Y me adentraba un poco entre los matojos. Cogía una piedra y la lanzaba. No muy lejos.
Y entonces, una galaxia de luciérnagas aparecía ante mí. Siempre. No fallaba.
Duraba muy poco. Pero era precioso. Y en ese instante, al mirarlas, me sentía viva. Era lo único que me hacía sentir algo. Solo una vez, cada noche, cuando la pesadilla me despertaba, las iba a despertar a ellas. Y cuando se apagaban, miraba hacia el cielo y contemplaba las estrellas. Con nostalgia. Como si me tocara estar allí. En el firmamento. Muerta. Pero no lo estaba. Sentía una conexión muy fuerte. Con la tierra y con el cielo. Algo muy profundo para una niña de 21 años.
Cuando volvía a la cama, cerraba los ojos. A veces me acercaba a Oriol y me abrazaba a él, para dormir mejor. A veces, dormido, me acogía entre sus brazos. Otras veces no le abrazaba. Tan solo tocaba con un pie, o una mano, algún pedazo de su piel.
Más o menos aferrada al cuerpo de mi amigo, cerraba los ojos y evocaba una y otra vez ese instante en el que, después de lanzar la piedra, la galaxia de luciérnagas se prendía para mí. Y así, conseguía dormirme. Entre luciérnagas, entre galaxias.
Silencio.
Una mañana vinieron a buscarnos. No recuerdo quién. Alguien vino desde la ciudad a por nosotros. Los ladrones se habían enterado de la denuncia y habían dado la voz que si nos encontraban, nos matarían. Teníamos que irnos. Recogimos lo poco que nos quedaba. Un par de mudas. El pasaporte. Y poco más.
Nos llevaron a la ciudad. Y nos dijeron que al día siguiente teníamos una reunión, los siete.
Los siete, entramos. Aquí.
Había una mesa, con sus correspondientes sillas.
Los siete, nos saludamos con euforia. Euforia silenciosa. No necesitábamos palabras. Estábamos ahí. Vivos. Para qué hablar de nada.
Esperamos.
Hasta que llegó un hombre. Que no sé quién era. Bueno, sé perfectamente quién era. Está todo escrito en mi diario. Pero ahora, yo tengo que obviar los detalles. Ya se lo he dicho en un par de ocasiones. Sí, todavía con más de dos décadas de por medio, debo obviar. Obviar nombres, obviar cargos. Obviar… Tengo miedo, sí. Miedo a… ¡En fin!
Ese hombre. Con cierto poder. Nos dijo esto:
Os hemos reunido aquí porque después de lo ocurrido, esa pandilla de lagartos, con todo lo que os quitaron, han untado a la policía de la zona. Antes controlaban una franja así de territorio. El pedazo de territorio que nos mostró entre sus dedos no superaba la longitud de un mechero. Ahora su zona de impunidad policial es así. Y abrió los brazos para poder abarcarla. Como hay europeos víctimas del asalto, se han activado ciertos… ciertos mecanismos dipl… ciertos «órganos»… por llamarlo de algún modo. (Ais… no quiero meterme en un berenjenal). Pues eso, se han activado ciertos «órganos» y estamos trabajando conjuntamente.
Nos mirábamos. Parecía que iban a tomar cartas en el asunto. Quizá esos «órganos» trabajando conjuntamente, podrían… en fin.
Si nos dais vuestro consentimiento, cuando les pillemos en acción, les vamos a matar.
Lo entendí todo. Llevaba suficiente tiempo en este diminuto país como para entender que eso no era una marcianada. Y sin más, hablé.
No puedo decidir esto. No puedo consentir algo así. Pero entiendo la situación. Así que cedo mi «voto» a los habitantes de este país.
Éramos cuatro europeos y tres lugareños. Con mi sentencia, los sal… los que habían nacido aquí iban a decidir. Los demás europeos se acogieron a mi propuesta.
Los de aquí, los tres, nos miraron agradecidos. Sabían que esa decisión no era fácil. Matar a alguien, o dar el consentimiento para hacerlo, no entraba en nuestros planes. En nuestros planes de europeos cooperantes. Para los de aquí, matar a veces era necesario. Y si se encargaba otro, mejor.
Como ya sabíamos, los tres, dieron su consentimiento, para matarlos si los pillaban en acción.
La reunión acabó.
Y yo, este yo, se quedó aquí. Clavado, en esta silla.
Oriol y otro de mis yoes, no podían volver al campo. Les buscaban, a Oriol y a ese otro yo, para matarlos. Así que se marcharon a una isla, paradisiaca. En esa isla encontraron, Oriol y otro de mis yoes, algo de sosiego.
No sé, quizá sería mejor que… ¿y sigo con el relato, sin cambiar de yo…? ¿Sin… sin explicar qué yo habla y así avanzamos sin sotracs?
¡Mierda!
¿Cómo se dice sotracs en castellano?
Ostras, yo, este yo pegado a la silla, no sé por qué no ha vuelto a hablar en catalán. Pero la mayoría de mis yoes sí que hablan catalán. Y como algunas cosas de las que hacemos un yo y otro nos penetra y nos afecta a todos los yoes, a veces sin ninguna explicación alguna palabra me sale en catalán. No ocurre a menudo. De hecho hacía mucho que no me ocurría. No sé… sotracs… sotracs… sotracs… no me sale. Da igual…
Hacemos un pacto, ¿vale? Yo hablo en primera persona, del singular, aunque hable de mis otros yoes. Y ustedes no se olvidan de que yo somos muchas y de que cuando a partir de ahora, diga yo, me refiero a otro. A otro yo, porque mi yo, este yo, ya ha explicado su historia. La historia que se detuvo después de esa reunión, absurda, aquí, en esta silla.
Volvamos a la isla.
Bueno, es que tampoco hay mucho que explicar… una isla, una hamaca, cerveza fría, reposo… Se agradeció, la verdad. Y después el viaje siguió. Visitamos otros países. Conocimos a mucha gente. Dormimos con pulgas. Con ratones. Nuestra caca seguía siendo líquida. Y poco más…
Un día cogimos el avión de vuelta a casa.
En el aeropuerto de Menorca me planté delante de mis padres y no me reconocieron.
Había adelgazado muchos kilos. Estaba muy morena, más de lo habitual. Pero creo que no me reconocieron porque la mirada, el rostro, el alma, habían cambiado para siempre. Llevaba la estampa de la vida regalada marcada en cada poro de mi piel. La señal de quién está ahí, pero podría no estar.
Papá.
Mamá.
Dijeron mi nombre a la par. Y me abrazaron. Me besaron.
Ya en el coche, les dije que me había pasado algo.
¿El 24 de julio?
¿Cómo lo sabes?
Mi padre torció el volante y paró el coche en la cuneta. En seco.
Mamá, ¿cómo lo sabes?
No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. Repetía el escéptico de mi padre.
Yo no sabía qué pasaba.
Mi madre lloraba. Desconsolada.
¿Mamá?
¿Mamá? ¿Qué pasa?
No me contestaba, solo lloraba. Y me miraba fijamente.
Mi padre lo soltó: ese día estábamos comiendo tan tranquilos y tu madre, de repente, empezó a llorar. No está bien. Nuestra hija no está bien. No podía consolarla. No está bien. Nuestra hija no está bien. Repetía.
Joder, mamá.
No digas palabrotas, balbuceó mi madre mientras su llanto cedía.
¡Joder, mamá! Es que esto es muy fuerte.
Le pedí al abuelo que, estuviese donde estuviese, te protegiera.
Joder.
Esa boca…
Lo noté, mami. Joder…
De repente dejé de llorar, dijo ella.
Joder… Joder, mamá…
Supe que todo había acabado. No sabía qué, pero sabía que ya estabas bien. Que todo había acabado.
Les expliqué qué era «todo» y cómo había acabado. Se asustaron de lo que habría podido pasar.
Nunca podremos entender todo lo que sucede.
Pasé unos días en Menorca, en la casa que tenemos junto al mar. No sentía. No dormía bien. Mi hogar, mi lugar en el mundo, lo percibía distante.
Un día escupí en el suelo del comedor. Mi padre me riñó. No volví a escupir en el suelo del comedor. De repente comía arroz con las manos. De repente decía palabras que mis padres no entendían.
A ratos me daba la sensación de que había vuelto de la guerra.
Todo me parecía nada.
Y empecé a jugar con el destino.
Apostando fuerte.
La primera noche que salí, me drogué. Robamos unas pastis con una amigas. Sí, las tomamos prestadas, pero eso es otra historia. Y conduje el coche muy colocada. No lo había hecho antes (lo de robar éxtasis, tampoco). Pero lo hice. No pasó nada. Yo sabía que no iba a pasar nada.
No puede pasarme nada más. Ese era mi mantra. No podía pasarme nada más.
Sabía que la muerte tardaría en volver a tocar a mi puerta.
Volví a Barcelona. A la universidad.
Fui adentrándome en mis rutinas e intenté olvidar lo que había sucedido.
Ilusa.
Esas cosas no se olvidan.
Silencio.
Una tarde de otoño, sonó el teléfono.
Era Él.
¿Hola?
Hola.
Dijo mi nombre con dulzura.
Dije su nombre, con dulzura. Y le pregunté cómo estaba.
Los han matado. Fue su respuesta.
Mierda. Joder.
Sí.
Estuvimos en silencio un buen rato. Respirando juntos.
¿Estás bien?
Bueno. ¿Y tú?
Bueno.
Hablamos pronto.
Vale.
Cuídate.
Tú también.
Colgué. Colgamos.
Silencio. Más silencio.
Y todavía más.
Ese silencio todavía existe.
Veinte años después, no he conseguido llenar ese maldito silencio.
Cinco muertos.
Cinco víctimas.
Cinco muertos a mis espaldas.
Cinco.
Cinco muertos, cinco asesinos, muertos.
Cinco muertos que morirán conmigo.
Cinco madres, de cinco muertos.
Cinco.
Solo cinco. Solo cinco, madres, de cinco muertos.
Solo cinco.
Solo cinco muertos, a mis espaldas.
Y ese silencio.
Ese silencio que perdura, que no se va. No se disuelve. Veinte años más tarde. Ese: «los han matado», sigue en mí. No se irá. Ya lo sé. Es el precio de ese «sí», indirecto, pero «sí». Ese consentimiento. Absurdo. Ese «sí» que me ha dejado clavada en esta silla.
Esta silla.
Ese silencio.
Silencio.
Ese silencio es disculpa. Es mi disculpa a ellos, a los otros. Y a las cinco madres.
Ese silencio es mi culpa. Y pesa.
No te va a pasar nada, me dijo el chaval, mientras me clavaba la pistola en la sien.
No me pasó nada. A mí, no. Tenía razón. No me iba a pasar nada.
Silencio…
¿Lo han oído? Ha caído un mango.
Silencio.
Otro.
Silencio.
Y otro.
Oooh… Están cayendo mangos. Muchos.
Qué maravilla.
Quizá cada uno de nosotros va a poder recoger el suyo.
El escenario se inunda de luciérnagas.
Silencio.
Se apagan todas, menos cinco.
Silencio.